Memo Del Lunes 796: El Fin Del Yo 1
Casi todos están familiarizados con las palabras de Jesús cuando dijo: “y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 10:38-39 RVR1960). Estas directrices se han interpretado como que uno no debe tener ideas, pensamientos o personalidad aparte de lo que el Señor da o decide. Aunque eso suena espiritual, no creo que sea el significado que Jesús quiso transmitir. Para saber si estás de acuerdo o no, tendrás que seguir leyendo.
LO QUE NO SIGNIFICA
Quizás el mejor resumen de cómo las personas interpretan las palabras de Mateo 10 se encuentra en las palabras de Juan el Bautista cuando afirmó:
“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.” La TLA traduce a Juan de esta manera: “Él debe tener cada vez más importancia, y yo tenerla menos.” Juan no se refería al hecho de que su personalidad debía disminuir cuando Jesús apareció en escena. Tomar la cruz para Juan no significó quedarse callado; fue retirarse de un rol público para que Jesús pudiera estar al frente y en el centro.
Es interesante que la siguiente asignación de Juan no fue jubilarse y escribir sus memorias. Fue enviado al judío más endurecido y apóstata que había, llamado Herodes. La cruz de Juan no fue volverse menos de lo que era; fue expresar quién era en una situación que eventualmente le costó la vida.
EL FIN DEL YO ES…
He estado reflexionando sobre un pensamiento que quiero compartir contigo para conocer tu opinión, y se relaciona con lo que Jesús dijo en Mateo 10. El pensamiento es este: el fin del yo es el comienzo del yo. Cuando muero a mí mismo, eso no significa que antes me encantaba escribir, pero ahora ya no escribo. No, significa que escribo lo que Dios quiere y donde Él quiere que lo haga. El fin de mí mismo—mis planes, mi deseo de hacerlo a mi manera—es en realidad el descubrimiento del verdadero yo. Es entonces cuando puedo ser la expresión más plena y auténtica de quien Dios quiso que fuera, porque he sido liberado de un individualismo obstinado que dice: “Yo puedo con esto. Puedo hacerlo a mi manera, con quien quiera, donde quiera.”
Mi cruz no destruye mi personalidad, la libera de las cosas que la dañan. Mi cruz me llevó a África, a comunidades urbanas y a iglesias para ser quien Dios quiso que fuera. Fui con mi sentido del humor, mi creatividad, mi percepción, mi espíritu competitivo y mi visión profética. La cruz no cambió esos rasgos; los purificó y los reenfocó. No significa que me siento a esperar que el Señor me dé una nueva personalidad; Él ya me ha hecho una nueva criatura con una personalidad mejorada, similar a la que tenía antes de conocerlo. Cuando tomé mi cruz, me liberó para ser yo, no una apariencia religiosa de quien pensaba que debía ser.
Puedes venir a Jesús y aún así no tomar tu cruz. La cruz es el lugar y la manera en que cumples tu propósito, pero tu propósito sigue siendo una parte importante de la ecuación. Esto tiene implicaciones serias, porque si vas a hallar tu vida, tendrás que perderla de la manera en que Dios quiere que la expreses. Cuando permites que eso suceda, encontrarás al verdadero tú, el comienzo del yo, y entonces Dios se asociará no con un holograma de quien aparentas ser, sino con quien Él quiso que fueras desde el principio.
